Versos de viaje.

- Y sobre todo nunca, nunca pienses que merecías mas.
La realidad aunque poco nítida no deja de serlo, y la forma se deja envolver.
Al principio no importa, al medio sale a flote, cuando ya no existen barcos.
Encontré éste verso en un cajón como a metro ochenta del suelo.
Lo entrecerré con ternura y ardió para echar vuelo entre la mierda de la ciudad.
O eso debí hacer antes de pensar por instantes en llevarlo de paseo, 
allá donde choca la tierra y el mar y el frío se tuerce en abrazos.
El único plan a trescientos sesenta grados alrededor, 
en busca de hundir la flota, o soñar despierto, o soñar dormido.
No es un viajero estético, no hay estética sin compañía.


Continuará en su destino.


...

Domingo sin cine.

Otra vez de vuelta, a escribir cartas al aire.
No necesitan destinatario, nunca van a llegar, nunca llega.
El servicio postal no entiende de sentimientos. Son piedras que se hunden.
No sé si es el sol que entra por la ventana. El tiempo que se acaba.
La dosis de realidad que salpica en mi cara.
No me causas daño, solo preguntas. ¿Quién se encargará de mi desastre?
Miro atrás y joder, que desafío. Que ciudad tan vacía y tan llena de pronto.
Demasiados rincones hechos foto. Demasiadas colillas en el suelo,
esas que no te gustaba verme encender.
Que te digo, mujer, si llevo meses mirando tus ojos sin palabras.
No iba a ser distinto ahora.
Ahora o nunca.
En la cara con lo segundo. En segundos con otra cara.
...

dulce de agosto

Puedo decir que lo hice. Buscar la incógnita en la calle y dormir a su lado
sin mantas ni ventanas. Buscarme y buscarte a ti sin folios y con la boca vacía.
Claro. Y he vomitado de asco de ganas de vomitar y de no descansar y de poetizar hasta las piedras que se me cruzan.
Pero soy tremendamente humano, mas de lo que quisiera, y acabo rodando cuesta abajo sin frenos y sin manos.
Miro atrás, pero muy atrás y te veo lejos,  tanto que me pregunto que hacías tu en ese momento y que coño hacías que no me estabas dando de hostias si hiciera falta.  Y me siento huérfano,  de hechicera y de sapo me paso el día en la charca esperando a ese alguien que se acerque y me asuste y yo me arroje a la profundidad del charco. 
Me escabullo y hablo solo con las palabras que de tanto tiempo ya se aburren y me ponen excusas que me aprietan, dulzura de hielo.  Agosto se acaba. Septiembre no llega y no alcanza. 
Tijeras de mimbre. Aceras de infierno. 
Mi estómago sigue vacío y yo aquí sintiendo. 


Mañanas

Me prometí que buscaría pregunta a todas las respuestas que fui encontrando
y las guardaría todas en el cajón de la mesilla que previamente tendría que limpiar de polvo y tiempo.
Por ahora lo único que guardo son gramos en una caja de latón y lágrimas no sé si mías o de quien
en las hojas arrugadas que voy pisando por el camino.
Me despierto cada día en un huracán de presentimientos que van cambiando en los pocos pasos que me separan del primer café de la mañana, que sabe algo menos que a ti. Entonces creo que estoy despierto.
Entonces me doy cuenta de que cada día que pasa sigue siendo demasiado tarde, mezclado con el demasiado pronto y casi en ayunas. 
Me siento a pensar, primeramente a pensar que debería dejar de hacer eso cada mañana, como también debería dejar a un lado el tabaco, las ganas, y en definitiva dejar todo aquello que no está en mi mano.
Mal plan para empezar la jornada.
Leo en un artículo por ahí que habría que valorar más a los poetas. Miro por la ventana y veo como los monstruos acechan en la acera esperando a que salga y me suicide entre sus manos.
Hace poco me construí una esfera llena de preguntas y me metí dentro. Desde entonces hablo poco, respondo mucho menos, y me caigo en desequilibrio bastante mas a menudo que de costumbre.
Voy rodando quizás donde puedas estar. 
Cada vez que echo la llave estoy pensando que guardaste copias y sabrás sacarme de aquí.
Solo lo pienso claro, y acabo dormido y sin aliento, sin tabaco, sin ganas.

Nos pusimos a escribir pero en tu recámara
solo había tinta para tres o cuatro frases.
Yo descalzo y tu con los pies bien en alto,
por encima de las cabezas, de los edificios.
Nos fumamos lo que quedaba de los viajes en tren,
no debí colgar los abrigos tan pronto,
me quedé desnudo en la vía y me quemé el brazo derecho.
La tele ya no dice nada nuevo y se me apaga entre los dedos
y las farolas se encienden cada vez más tarde
en una ciudad que no deja descansar a quien tiene sueño.
Ahora tengo hambre, la menos literal que entiendas.
Y si no lo entiendes, yo te lo explico.
La tormenta ya no sale y empuja como antes.
Las calles no se mojan, ya no chillo al aire.
No destrozo las paredes demostrando nada.
Ahora mis dedos danzan y dejan que la rabia baile 
sobre las seis balas que llevan tu nombre.
Lo peor que le puede pasar a un hombre
es desaprender a mentir. 

Mientras se calienta la pizza.

Te voy a contar que quise vivir tanto que me estaba muriendo.
Entonces el revuelo del humo se hizo telón de fondo y se nos perdió el mando de la tele,
me negué a hundirme tantas veces que de la noche a la mañana estaba buceando yo solo.
Y si  esas noches tuvieran venas, habrían rebosado en concreto por todos los poros.
Yo necesitaba humo, grasas saturadas en una bandeja de plástico encima de la cama,
quizás un par de fotos para guardar el momento y volar por encima y por debajo del trozo de cielo
que se intuye desde la ventana, un par de acordes mal puestos, un escondite dentro de una habitación vacía, por eso de los monstruos, un par de ojos entornando no se qué historias y poco más.
Cuando los dedos no responden y sienten más que padecen, y escriben mal a posta y se enredan
en los pelos de la almohada,.....
Ya sonó el RING del microondas.


Necesito gafas de sol
y verte aquí cerca
y labios rasgados.
Navegar contigo un rato
de viaje contigo
o dar una vuelta
por el barrio,
ese que no conoces.
Te vas a quedar con todo.
Y lo sabes.

Sun Face

Si el sol fuera a decirnos alguna puta cosa,
desde luego lo hizo desde
tu jodida y preciosa cara.
Le puedo preguntar a más de uno y de dos que asentirían
hasta las manos del cólico de la droga que vas soltando a cada paso.
Es un problema eso.
No soy quien, ni cuando, ni como actuar de sombra delante tuya,
o al lado o detrás.
No me veo portador de ese derecho,
ni del lado izquierdo de tu cuerpo, mucho menos de frente.
Rumiando hacer el tonto y no me gana nadie,
si la última vez que me enamoré fue en verso
y llevaba un gramo para cada línea en el bolsillo.
Y acabé por contar lo mismo de siempre.
Me queman los pies del fuego que no hay en el suelo,
el que se te subió a la cabeza.
Tengo las manos recién manchadas de miedo,
de saber lo que viene después,
de conocer diez mil asquerosas maneras de salir volando del volcán en erupción,
y ni una buena.

Gracias.


¿Cuál es tu problema amigo? ¿Acaso es que no lo ves?
Se te han cerrado los ojos de pronto, lamentable.
Las calles no se quedan vacías muy a menudo en la ciudad
Y todo lo que aprendiste, ¿dónde están los recibos de tu último batacazo?
Te has quedado dormido del aburrimiento contando las mejillas que has puesto ya,
y aún te queda mañana, y tarde.
Has quemado los abrigos y aún queda invierno, y el frío arrecia y no hay mantas.
Ya no escribes nunca, ahora chillas contra la almohada, ¿qué te pasa?
Has visto de cerca el miedo alguna que otra vez, y te haces viejo, amigo.
¿Es que acaso ya no te acuerdas del rojo y el negro contra la fría ventana,
o de como te ataban la pierna con cadenas de cientos de kilómetros?
Ahora estás más cerca. Mentira. Estás igual de lejos pero igual de cerca de todo ésto.
Miras el agujero a dos pasos de caer y no ves siquiera si hay fondo.
¿Y si no hay fondo?
Luego tendré que venir a sacarte yo, con lo que pesas en ese momento.
Igual me quedo mirándote un rato y rompiendo en carcajadas, de lo humano que eres.
Encima ahora llevas un ancla en brazo, con la cuerda rota, que ironía ¿eh?
Te estás buscando que te deje abajo, con tus monstruos y tus víboras.

Caja.

Tengo tantas herramientas que he ido usando para reconstruir
los trozos rotos de mi casa,
que no me importa prestártelas.