Nos pusimos a escribir pero en tu recámara
solo había tinta para tres o cuatro frases.
Yo descalzo y tu con los pies bien en alto,
por encima de las cabezas, de los edificios.
Nos fumamos lo que quedaba de los viajes en tren,
no debí colgar los abrigos tan pronto,
me quedé desnudo en la vía y me quemé el brazo derecho.
La tele ya no dice nada nuevo y se me apaga entre los dedos
y las farolas se encienden cada vez más tarde
en una ciudad que no deja descansar a quien tiene sueño.
Ahora tengo hambre, la menos literal que entiendas.
Y si no lo entiendes, yo te lo explico.
La tormenta ya no sale y empuja como antes.
Las calles no se mojan, ya no chillo al aire.
No destrozo las paredes demostrando nada.
Ahora mis dedos danzan y dejan que la rabia baile 
sobre las seis balas que llevan tu nombre.
Lo peor que le puede pasar a un hombre
es desaprender a mentir. 

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