Gracias.

Porque ya no se cuantas veces me vestí y me desvestí con el humo de tus cigarros,
quiero darte las gracias, por acariciarme con la llama encendida de las velas de tu habitación
y por desollar las horas con el silencio que guardabas solo para mi.
Seguro que te has cargado a cien poetas antes, pero ahora es distinto, yo no lo soy.
Con la curiosa habilidad del olvido y el recuerdo momentáneo te miro ahora
por el agujero en la pared detrás de la terminal, y te recuerdo que tengo las mismas taras
que antes, pero multiplicadas por diez, y que riega menos la sangre desde que te vestiste
la última mañana, pero que ya no importa, porque pasaron las mismas o las otras, y no hubo colapso.
He abierto la caja de una guitarra intentando encontrar algo que se pareciese, y solo madera.
Y he cerrado la puerta de mis oídos para no dejar de oír el eco, pero todo en vano.
Ahora me conformo con las pocas letras que se forman al juntar los retales de lo que un día fue
un volcán de grafito derramado en el papel, y con eso voy pasando las horas.
Porque debajo de la almohada ya no suenan grillos ni maullidos, y ahora la calma lo envuelve.

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