Como cada mentira, fue cada vez más grande.
Bajando del coche en marcha con la mente en otro sitio, y con la daga sangrando debajo de la camisa
en estado de éxtasis, porque nunca fue suficiente, repleto de drogas hasta el cuello.
Las líneas discontinuas que se pintan solas en la carretera, que ya no están
y entrando en la gran ciudad, aquella gris de noche, y rojiza de día.
Todo distinto ésta vez, ya no quedan gramos en las aceras ni botellas rotas en el portal,
ya no está el portal, ahora hay cientos.
Ahora ya no te veo dando tumbos por la noche, me perdí en miles de éstas durante un tiempo
y perdí el hilo conductor, la salida número 365 hacia tu pierna izquierda
hacia la tercera pata de tu cama, que ya no es, que sigue siendo, pero solo en éxtasis.
Luego la vuelta, distinta también, mismo camino, mismas agallas de volver
misma posición con la cabeza agachada, distinto color en todo.
Si el espíritu se desvaneció ésta vez, aquí no apareció la forma, se deformaron hasta las aceras,
y los candados de las bicis, y el infierno se abrió en las mismas cerraduras
que abrían el cielo en aquellos días, donde era tan importante entrar, como lo era salir.
A la altura de la mano lo que quieras, lo que pidas, así parecía, pero era éxtasis.
Al fin se acabó lo de la bolsa,
y enterramos al camello debajo del castillo
ese que se irguió solo,
a base de tiempo
y escupitajos al aire.
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