Por extraño que parezca, cuando se está durante tanto tiempo callado, se aprende mucho más de las palabras, de las letras jugando entre ellas al escondite.
He llegado a encontrar tesoros escondidos detrás de portales, en calles estrechas y húmedas en noches de verano, donde nadie más podía verlas, en forma de palabras. Y las he dejado ahí porque su libertad no se dejaba quebrar.
He visto formar cuentos a retales de humo en mi habitación, juntándose en el espacio y desaparecer sin que la memoria me permitiese apuntarlas con la cabeza.
En tardes de domingo, paseando bajo mi ventana o en el silbar de una ambulancia desatada por la carretera principal de la calle de abajo.
Ahora las palabras se hacen ecos en mi cabeza de nuevo, ésta vez si quieren quedarse más tiempo, y me hablan de unos ojos grandes que miran lo mismo que miro yo. Me hablan de historias de miedo entre las sábanas de una misma cama.
De que encajamos tan perfectamente
como los mismos tesoros
de los que hablaba al principio.
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