Tengo que contarte algo.

Estaba muy quieto esperandolo en el sofá, cuando sonó el chasquido de las llaves por el otro lado de la puerta girar y abrirse, energicamente como siempre. Y el sonido plastificado de las bolsas del super al caer sobre el suelo de la cocina. Y luego la manivela del grifo, y el agua cayendo sobre los tres o cuatro platos manchados de la cena de la noche anterior, que por supuesto no se iban a fregar solos, como estaba acostumbrado a oir.
Quizás sería la última vez que escuchaba todo éste concierto de tipicidades, incluso las pisadas por el pasillo, haciendo crujir el parquet por todas las esquinas... y pensar que nunca se había fijado del todo.
Y siguió la particular rutina de su compañero, de como sonaba la mochila al caer encima de la cama, sobre esos muelles antiguos que tanta guerra aguantaron, de batallas campales entre dos del sexo opuesto, y los resbalones de las sandalias hasta llegar a la terraza, y entonces de nuevo el tic tac del reloj de pared que se adueñaba de la casa hasta que llegó el torrente de sonidos.. Que de nuevo volvía cuando la rueda de un mechero rozaba con su minúscula piedra para prender el peta, y el sordo aspirar de la primera calada hasta que brillaba en rojo fuego la punta. Y luego el soplar, soltar el aire mezclado con humo directo de sus pulmones suavemente y ahora si, se desvanecía todo, desde el más ínfimo chirrío tres pisos más arriba, hasta el sonido de las sirenas de cualquier ambulancia de la calle.
Pensó entonces que mejor mañana, que hoy ya no era plan.

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